El mundo del poeta

Freddy Yance

Un negro para una blanca es otro idioma.

 

Esquivo las esferas a las cuales solo puedo acceder mientras más cerca me halle del golpe que destruiría mi vida.

Porque todos los bosques esperan o reclaman cierta manera de someter tu luz a su aliento, sin embargo, el oro de los desiertos me es entregado a cambio de no permitir que nadie me doblegue.

Y las condiciones que transforman una recta en un círculo son las palabras, o momentos, que laurean la hazaña de brillar cuando traiciono al Orión de mi sangre infinita.

 

La fuerza no pertenece al verano sino al ave que lo atraviesa como un río o muchacho de ojos distraídos e iluminados por el signo que le impide detenerse.

 

El tiempo es una embarazada de colibríes muertos, y el abatimiento causado por la transición de luces y sombras, que me obliga a tomar una posición inofensiva, es el sustento de ti situado en la otra punta de este poema.

 

He alcanzado libertad a través de desdichados caminos donde conocí mis ojos, y lo dulce brota de mis pupilas cuando ya no resisten la luz.

Desdichados caminos donde debí llegar al final del grito y la caída para comprender que soy las cosas que me alejan de los demás.

 

¡Oh, libertad!, soledad en llamas.

 

Las aventuras que distraen mi camino a lugares donde solo puedo llegar tras el sacrificio de mi honor y mi orgullo no tejen en mis horas la felicidad ni el goce que recibiría si –como un abedul– me quedara quieto en mis llamas.

Pero el rigor de una juventud perfecta me exige dirigir mis pasos por senderos ante los cuales me siento vacío y exhausto como un alma sin cuerpo.

Yo me quiero ayudar, ofrendarme la compañía exquisita de mis sueños.

Sin embargo, debo aceptar que solo puedo ver en los demás aquello que veo en mí.

Y a pesar de la extenuación de la memoria en el intento de recrear en palabras los instantes que hicieron de mí un monstruo, todo se resume al escenario donde estoy frente a ti, y culmino mi lectura, y me aplaudes.

 

Nosotros no tenemos un lugar en el mundo, pero nos tenemos a nosotros mismos, y debemos defender y preservar eso.

Y las cosas que digo las digo por mí mismo y a mí mismo, no quede duda de esto a nadie.

Qué es el éxito, pregunto de nuevo, y no encuentro una vida para mi vida en la cual yo pueda rendirme felizmente.

 

No puedo pensar en mi esencia cuando me dan.

Entre más recibo más lejos me encuentro de mí.

Y aunque sea paradójico, las esferas que amo son aquellas que me entregan todo desde el lugar donde soy solo sangre hasta la noche donde mi pecho es un santuario.

 

Pareciera que mi lucidez aflora exclusivamente en los momentos donde despliego la tragedia como luz que hiere mis recuerdos.

Ciertamente detesto a las esferas que solo me aceptan cuando estoy a segundos del quiebre, o aquellas cuya compañía implica la ausencia de las estrellas que me regalaron la muerte como Libro de mis días.

Porque la tranquilidad es alcanzar un grado de consciencia en tus palabras que te impida seducirte, o sentir compasión por ti mismo cuando el baile te indique que ha comenzado la música.

 

Sin embargo, no es, hasta alcanzar lo fértil en la edad del grito, que el silencio de nuestra carne se manifiesta como una epifanía ineluctable donde se demuestra que soy una basura.

Pero yo elijo no ser una basura.

Por eso escribo.

 

Y nada termina de suceder y nada es nuevo.

Y las esferas son las edades del ser cuya magnitud no la define el espejo, sino el sentido de los poemas que ha decidido recordar como abrir los ojos.

Quizás por eso no abandono Venezuela, porque ningún idioma me da las cosas que tampoco me da el castellano.

Quizás, el arenoso vocabulario de Rumi, o el sagrado azul de Homero, habrían redimido a mi amor de esta nostalgia de bailar merengue con mi mamá en el 82, hermosamente vestidas de blanco, una noche tranquila después de los ríos.

Sueño volver, viajar a la edad donde cada una de las personas que he conocido vivían de un modo ilimitado, y nada podía vencerlas.

Pero, a veces, logro escuchar tu Voz, encima del sol y las estrellas, y puedo olvidar el sentido de estas palabras, y el sentido de mí, y el sentido de todo.

Y me desprendo del mundo como un colibrí de las rosas.

 

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