El invierno de Julia

Fernando Rouaux

Julia toma un trago. En su silla, bajo un ceibo maltratado por el viento, su mirada se pierde más allá de la ruta. Con las piernas cruzadas sobre un tronco seco, sostiene, en la mano que cuelga inerte, un cigarrillo a medio fumar. La rodea el campo con parches de un monte al que nadie ha tocado demasiado. Del otro lado del asfalto el paisaje es idéntico. Lo único que recorta el horizonte es esa cicatriz de torres de alta tensión. Gigantes de fierros con dos brazos y dos piernas, robots sin cabeza. Le dan escalofríos cada vez que las mira. 

Una radio vieja cuelga en el tronco del árbol. Está encendida, emite un ruido monótono. Ahí, debajo de las torres, no se puede escuchar ni el partido de Juventud Naciente ni ninguna otra cosa. Pero es una costumbre a la que sigue aferrada.   

Parece adormecida, con la mente en blanco. Poco a poco va invadiéndola una sensación extraña. Se da cuenta de una rareza, un silencio incómodo. Hacía rato que no se escuchaban autos ni camiones en la ruta. Se queda inmóvil, con la mirada muerta, toda su atención está puesta en un solo sentido. Escucha, sí, el canto de algunas aves. Monos no, pero eso no es infrecuente. No hay chicharras, no en esta época. Sólo pájaros y ese murmullo.

Voces, muchas voces, cantan. 

—¡Ma! ¡Mirá! —Miguel señala algo en la ruta. Ella hace una visera con la mano. Un grueso camino de hormigas de colores zigzaguea en el asfalto. El patrullero va adelante, la ambulancia, la enorme cabina de vidrio, bamboleante sobre un trailer que no ve; la interminable procesión. 

—¡Miguel! ¡San Luis Rey de Francia! ¡San Luisito Rey, acá, Miguel! Vamos, dale. 

Corre con el chico hasta la banquina. Mira la fila de carretas, sulquis, jinetes entremezclados con gauchos, policías a caballo, familias, curas, monjas y perros. Un grupo de chicas tatuadas, algunas con camisetas de fútbol y pelo de colores, le llaman la atención.

Avanzan con paso firme, cargando carteles e imágenes, cantando. Contagian felicidad. Julia piensa en Alexa. 

Levanta a Miguel y lo sienta en una carreta con techo de lona que maneja un viejo. Adentro, una pareja joven la observa sobre unos colchones enrollados. Julia corretea y logra subir también. Una anciana viejísima la saluda con un leve movimiento, sentada sobre una silla plegable cubierta de mantas, rodeada de bidones. Acurrucados en el suelo, cuatro chicos le clavan los ojos. De respaldo usan dos jaulas de alambre cubiertas con repasadores. Se escuchan cacareos. 

—¿No llevan nada? —pregunta la anciana—. Julia se queda en silencio.

—Hay pollo hervido y butifarra, sirvasé un poco. Y dele algo a ese chico, haga el favor.

—Se agradece, señora. Miguel, despacio, m’hijo. 

Julia no toca la comida. Pregunta si no hay algo para calentar el estómago. Un trago de vino, dice, cualquier cosa. Conoce de antemano la respuesta. El hombre y la mujer intercambian miradas, sonríen; él saca una botella de grapa de abajo de una manta. Brindan en vasitos de plástico por San Luisito Rey. Julia cierra los ojos y vacía el suyo de un tirón. De a poco se le entibia el pecho; se ablanda esa puntada detrás del esternón. Los mira y les sonríe, se acomoda. Hace un año, piensa, estaban acá. Ella freía las empanadas mientras él cepillaba al Pelu. Qué será del pobre Pelusa, solito allá en San Luis del Palmar. Se acuerda bien cómo era todo, de Miguel un año atrás. Gordito, charlatán y contento, aprende a llevar la rienda al lado del papá. Puede ver a Ale y Yeni apretujadas en el sulqui. Todo eso se evaporó, como en un truco de magia. A veces se sentía como si pudiera volver a aparecer. Se descubre mirando sin pestañear a la joven, incomodándola. No dice nada. Sonríe y se mira los pies.

Los encuentra tan sucios que los esconde. Pide un poco más de grapa y eso, nota, no cae bien. 

Le sirven otro vaso por la mitad y la observan. Podría ir a verlas, piensa. Llegar de sorpresa a Itatí. Se acuerda de sus pies y se ríe por dentro. Con esta facha... ¿Usted es de acá, nomás?, pregunta la joven. Julia responde, sí hace un año. 

—Mejor vayasé —escucha. Todos se callan, miran a la anciana.—  Vayasé a la ciudad... Acá anda el Pombero..., —asoma apenas los ojos por unos párpados estropeados.

Mamá, la reta la joven, pero la vieja sigue—. Se esconde debajo de la cama de las mujeres y a la noche se las lleva, al monte y las embaraza. Todo cubierto de pelos está, de la cabeza a los pies... —Vieja de mierda. Por qué no te callas, piensa Julia. 

—Conozco, sí —dice incómoda. Todavía tiene miedo de la oscuridad del rancho, de esa soledad en la que entra ruido del viento, chillidos de ramas, sonidos de animales. 

Miguel juega con unos soldaditos prestados, musculosos, con camuflaje para el desierto. De pronto se pone serio, hace un ruido gutural y vomita en medio de la carreta. Un olor punzante invade todo. Miguel tose, solloza. La anciana saca trapos y Julia limpia como puede el vómito con ayuda de la joven. Los otros miran apabullados por el olor y el espectáculo. Después de unos minutos el piso de la carreta queda con un manchón húmedo y baboso. El olor sigue ahí, ensuciando todo.

La pareja trata de darle conversación, pero Miguel ya no juega y Julia no está interesada en charlar con nadie. Mira hacia atrás. El caballo de la carreta que les sigue va con la cabeza gacha, parece resignado, triste. Escucha el ruido metálico de las herraduras sobre el asfalto; los cantos de iglesia de fondo. Imágenes del santo van bamboleantes unos metros más allá. Las torres eléctricas, a la distancia, se ven como cruces. La procesión ahora le parece un cortejo fúnebre. Tengo que encontrar la forma, piensa. Sin pensarlo, pide más grapa. 

El hombre duda, consulta con la mirada a la mujer. Los dos ven que la anciana lo desaprueba. Tiene toda la cara hecha una arruga. 

—Es la única hasta mañana para todos, señora... —se disculpa el hombre. 

Julia lo mira en silencio. Mira a la vieja con una seriedad que la hace tragar saliva. 

—Ni de una madre sos capaz de compadecerte, vieja podrida —le dice con calma en la cara a la anciana, mientras agarra al chico y se baja de la carreta en movimiento. Se quedan mirándola. Ella les da la espalda y vuelve a pie con Miguel.


**

El sonido diferente de un motor se hace grave, disminuye y se apaga, la saca de su letargo. Uno de los autos se detiene al costado de la ruta. Julia se acomoda en su silla. Levanta apenas el mentón, abre algo más los ojos. Reconoce el coche, frunce la cara. Va a tener que hablar con ellos.

Julia se ríe. Recuerda algo. Hugo. Cómo insultaba a la gente, en guaraní, sin que se dieran cuenta. Intercalaba guarangadas en medio de una frase con total espontaneidad. Lo sacó del Chajá Albáñez, compañero de las inferiores del club. Llegó a Nueva Chicago, el Chajá, ahí puteaba a todos en guaraní. Al menos eso decía.   

Dos personas con guardapolvos bajan del auto. Se internan en el verde. Va a tener que tomar una decisión. Toma unos tragos más; el plástico se arruga y se expande con un crujido, se seca la boca con el antebrazo y oculta la botella en medio de un arbusto.  Ve a Miguel agazapado sobre el pasto con una hondera y una pila de piedras al lado.

Buscando comadreja, piensa. Tendrá que asársela solo, si es que la agarra. 

—Andá al sendero a ver si hubo maletero anoche, andá —le dijo al chico—. Fijate qué hay. Y no volvás hasta que yo te chifle. —Él salió caminando, pateando la tierra. 

Detrás del esternón, tiene un dolor punzante. Se mira los dedos de los pies. Uñas como esas no ha tenido jamás. Se horroriza, le divierte. Aplasta con el dedo gordo una hormiga culona que se le sube por el tobillo. Ya oye las voces que se acercan. Se para al sol, al lado del ranchito, a esperar. Enseguida los ve, entre risas, cruzando el alambrado. Se acercan con cautela cuando ven que los perros los rodean ladrando. Sólo los huelen y los abandonan sin interés. 

Saludan, sonrientes. Son la asistente social y el doctor. A él lo ha visto en algún consultorio. Ella es una vieja conocida. No son mala gente, pero ella sabe por qué están ahí. 

Julia escucha sus preguntas. Trata de hablar poco, y mezcla, como Hugo, el guaraní, sin soltar el aliento. La asistente social entiende bastante. El doctor se desconcierta un poco y eso la divierte. Después de un rato de conversación sobre su vida, sueltan finalmente: 

—Y Miguelito, dónde anda.   

—Por ahí, salvajeando, sí. ¡Miguel! No sé si escuchará. —Ellos se miran. Julia piensa lo incómodos que deben ser los mocasines del doctor.  Lo escucha. Habla de los pies de Miguel, ella se irrita. Sí, ha visto los agujeros, le pican, sí, ella sabe... La asistente social interrumpe. 

—Tiene que llevarlo al hospital. Esos son gusanos que pasan de los pies a los pulmones. En Scorza Cué hay enfermera y lo puede ver. 

Tiene planeado ir, explica ella. El hombre de enfrente le prometió alcanzarla, ya que plata para el colectivo no tiene, ni otro medio de transporte, pero no ha aparecido todavía.

Entonces el médico pregunta por esa lluvia que se escucha de fondo. 

—¿Y ese ruido? Suena a canilla abierta...

—Cómo canilla, acá... La radio es, doctor. Pero no agarra nada —señala hacia arriba—, por los cables. La costumbre nomás... un año hace.

—... 

La asistente social interviene, algo divertida:

—Se escucha, sí, a veces, cuando hay corte en Itatí. En verano más seguido. Se enteró doña que hubo otro caso ¿no?

—Sí, Nogueira, pobre. ¿Está vivo?

—Sí, se salvó raspando... no sé cuántos miles de voltios son... ¿cómo va a quedar, doctor? 

—Y, quién sabe. En coma está… Un desastre esa obra. Así que hace un año está acá...

—Sí... Azurriaga pagó todo. Entierro, todo, nos dio un dinero, este lugar para vivir... pero... éramos cinco, vio —termina Julia otra vez mirando los zapatos del doctor. 

—Parece que el chico no viene —dice el médico, cambiando de tema.

—No, no escucha, vengan mañana si quieren. —Julia está cansada. Quiere que la dejen en paz. Los ve sufrir el peso del sol y le divierte ver sus caras enrojecidas. Se felicita por esperarlos ahí. 

—Y mi bebe y las nenas... —quiere saber.

—No... queríamos ver a Miguel... Teníamos que... conversar tranquilos con usted... 

—Ajá... Hablen nomás—dice. Escucha, no sabe si es el sol o el vino, algo la aplasta. 

Cuando finalmente se van, queda perturbada. Es lo único posible, piensa.  Duele, pero ya no importa saber qué está bien o no. Busca la botella y la termina de un tirón. Se siente reconfortada.  Todo va a estar mejor, se dice. Todos volverían a estar juntos. 

Chifla dos veces. Miguel aparece con un cartón de cigarrillos. Maleteros de mierda, piensa. Lo mira con reproche, aunque sabe que él  no tiene nada que ver. 

—Vení, vamos.

Caminan por la banquina. Van bien pegados al asfalto. El suelo es más parejo ahí. Los autos y camiones los aturden, los sacuden. No toman precauciones, están acostumbrados. A medida que las sombras se alargan, el calor desaparece. Un aire fresco los sorprende.

Anuncia la noche fría.  Pasan la arrocera, el lapacho con la garita grande, ahí está el almacén. Al volver Miguel lleva un paquete de arroz y Julia dos botellas de gaseosas llenas de vino tinto. El vino es a cambio por tabaco, el arroz se lo da el almacenero a Miguel.   Cuando llegan al rancho, Julia termina la botella que empezó en el camino, abre la segunda y saca un cigarrillo. Lo enciende en el brasero con una larga pitada. Se siente mejor.

Camina, mareada, hasta su silla rota. Se sienta a mirar la nada. El dolor en el pecho se borra un poco. La radio sigue emitiendo el sonido a lluvia. Da otra pitada, profunda. Tose. Tose tanto que tiene que bajar los pies del tronco, inclinarse. Con los ojos llorosos, mira la huerta. Un cementerio parece. 

—Andá y buscá agua, si querés arroz. Tomá ese tacho y andá... A ver si ponen una canilla estos, en vez de joder con el vino. Por acá nomás pasa el caño. No escuchan, fruncen la nariz nomás. —Miguel sale caminando con un balde en la mano, baja por un sendero que se mete en el monte. Es casi de noche. Julia termina la segunda botella, se tira en el camastro, con la cortina cerrando la entrada. 

Se despierta en la oscuridad con el ruido de los sapos y los grillos. Ese silencio lleno de bichos gritando. Miguel, acurrucado al lado de ella, duerme inquieto, sueña. En la oscuridad no puede verlo pero adivina su cuerpo con la palma de la mano en el pequeño bulto de la manta. Lo percibe flaco, demasiado insignificante. Le duele. Parece muerto de frío, no para de rascarse. Hay una olla con agua al lado del brasero. 

Se queda parada al lado del camastro mirando a su hijo por un largo rato. Recuerda cuando pensó que se había ahogado en el río. Jugaban a las escondidas bajo el agua. Hugo estaba con las nenas. Miguel y ella se sumergieron. Ella siempre sabía dónde estaba él. Lo veía en el agua transparente, salvo esa vez. Fueron unos segundos. Ella entró en pánico. Gritó y todos a su alrededor se desesperaron. Hasta que una mujer se lo señaló, preguntando si era él, no sin reproche. Estaba arrodillado, a sólo unos metros de ella, tosiendo. Había tragado agua y no podía contestar. Piensa que nunca se va a olvidar de su carita, del miedo. 

Ahora eso la hace reír. Se ríe a carcajadas y a medida que ríe el dolor en el pecho le surge otra vez, se le mezclan risa con llanto. Termina lagrimeando y luego llora, con bronca.

Una bronca creciente la enfurece. Agarra a Miguel del brazo, lo levanta brutalmente, ¡qué hacés durmiendo, andá a buscarme vino, carajo, no ves que me muero de sed!  ¡Para qué me quedé con vos! Toma el palo al lado del brasero y le da en la cara. Se horroriza por lo que hace, pero no puede detenerse. Quiere que Miguel se vaya de ahí para no matarlo.   

El chico sale llorando, corre al monte, desaparece en la oscuridad. Ella se tira en el camastro otra vez; le parece más mugriento que nunca. Hollín es, no mugre, dice, hollín, del brasero. Y los bichos tampoco, ni sacando todo al sol se van. Le habla a la oscuridad, pero en realidad se lo dice al médico. No sale así nomás.   

Escucha las palmas, los ladridos y cuando sale el sol es como un baño de chispas en la cara. Ahí están. Esta vez es la asistente social con la de Bermúdez. Saludan, están serias. 

No pone resistencia.  Chifla, sabiendo que el Miguel se esconde por ahí. Cuando lo ve, le parece uno de esos perros que vuelven después de haberse perdido un mes fuera de su casa. Tiene la cara mocha, un gesto de vergüenza. No recuerda haberle hecho eso. Julia se agacha, lo abraza, se despide. Él llora, pero está contento. Esto es lo que quiere. Julia trata de hacerlo reír, pero sólo le saca una sonrisa torcida. No llore usted también, le dice Julia a la de Bermúdez. Ella le da un abrazo a Julia. Le toma la mano a Miguel. 

**

Desde su silla rota, el auto se le desdibuja cuando arranca. Pronto sus pensamientos la dejarían en paz, piensa. Sólo necesita un poco de vino. 

Esa noche recibe cartones de cigarrillos. A la mañana consigue vino pero a la tarde, ya sin nada para tomar va, borracha, hasta la tienda a ver si le dan algo. Pero no. Sin Miguel no.

Sale insultando al almacenero. Se arrepiente enseguida, sabe que no le conviene nada eso.  Llega al rancho a oscuras, arrastrando los pies, con frío. Busca otra vez en todos los arbustos. Abre las ramas. Salen botellas vacías por todos lados pero ninguna con un resto de vino, ni ginebra, ni nada. Se mete en el camastro, se envuelve con la manta ennegrecida, temblando. 

Era noche cerrada cuando se decide. Le rompe la base a una botella. Así armada va al sendero, sigilosamente, pero atenta a las víboras. Se esconde detrás de un arbusto. Está húmedo, se le moja la espalda, los tobillos, parte de los pantalones. Mira al cielo. Un infinito de estrellas cruzado por barrotes negros. La sombra de los cables está justo sobre su cabeza, recortada contra la luz de luna. La torre que está ahí nomás parece más gigante que nunca, parece mirarla desde arriba como un monstruo que está por pisotearla. En ese momento un enorme búho se posa sobre los cables. Bicho del demonio, por qué mierda no te morís vos, murmura asustada, aunque sabe que los pájaros no mueren en los cables. Siente los ojos del ave que la observan, le brillan con la luz de la luna. Se acuerda de la anciana de la carreta.

Vieja podrida, piensa. Me infectó con su veneno. De pronto el búho sacude las alas y se aleja.

El corazón le pega un salto. 

Está temblando de frío. Aprieta en su mano la botella. Imagina cómo va a clavársela al maletero en la cara y robarle todo. La botella está resbalosa, la mano transpirada y fría. El monte no es lugar para estar sola de noche. Mamá, qué estás haciendo, le preguntaría Alexa.

¿Qué pensaría si la viera ahí? Intenta evocar su cara y no puede, se le escapa. No puede ser eso, piensa. Una madre que no se acuerda la carita de su hija. Espiarlos por una ventana y mirarlos dormir. Cualquier cosa daría por eso. Oye algo. Abre bien los ojos. No ve nada.

Alguien viene. Da un salto, el maletero casi se la lleva por delante, se detiene en seco. 

—¡Chamigo!, dame vino. Lo que tengas, todo dame. —Ella sostiene su botella rota.

—Correte o te abro en dos—le apunta un cuchillo a la boca—. No tengo nada pa’darte. Lo que hay pa’ vos te damos, ya. Volá de acá. No tengo tiempo.

Julia no escucha una palabra. Se lanza con su botella. El hombre, mucho más rápido que ella, le da un golpe en la cabeza que la tira al suelo y sigue camino. Julia queda con la cara contra el pastizal; siente el olor de la tierra húmeda. Quiere moverse, pero la puntada en el lado derecho le da aviso. Ahora siente su mano resbalosa y tibia. Los vidrios rotos le entraron en el costado.    

Camina con esfuerzo en la oscuridad, cruzando el alambrado primero, luego el monte hasta la ruta. Casi no hay tráfico a esa hora, algunos ómnibus de larga distancia, algunos camiones. Mira en dirección al rancho del viejo. Se ve lejos, pero se llega a distinguir un leve resplandor en la ventana. El televisor, piensa, prendido aunque él duerma. Llega acompañada por el ladrido de los perros adivinando una huella en la oscuridad.

—¡Quién anda! —escucha.

—Julia, la vecina, don Cosme. 

Estaba despierto.  El rancho es chico pero dobla en tamaño el de Julia. Tiene un anafe a garrafa. Un televisor con canales satelitales de Paraguay. Las paredes están cubiertas de facones enfundados y cuchillos de distintos tamaños y formas. Don Cosme los hace y su hijo los vende en la feria de Itatí. 

El hombre le ayuda con la herida. No parece grave. Sacan algún resto de vidrio y ponen una venda con iodo. Después se sientan con los ojos puestos en el televisor y las manos en los vasos con ginebra. Cuando el alcohol se acaba, Julia, mareada, ya se siente mejor y se despide agradecida. 

Mira la fila de torres con forma de monstruos sin cabeza. 

—Hijas de puta —piensa, se ríe y se tuerce del dolor. Esta por cruzar, pero se acerca un camión que va hacia Corrientes y espera. El frío de la tierra le hiela los pies descalzos.

Quiere disfrutar este momento. Un bocinazo del camión la saluda al pasar.  Piensa en Hugo, en cómo la hacía reír. Se siente muy cerca. Ve la luz de otro camión. Ahora sí, cierra los ojos y camina.


Fernando Rouaux (Morón, 1970) es licenciado en Biología por la Universidad de Buenos Aires. Publicó la novela Los omitidos (2006). Participó en Zona de cuentos (Interzona), antología que surgió a partir del Concurso de Narrativa Eugenio Cambaceres 2014 organizado por la Biblioteca Nacional. Actualmente reside en Colonia del Sacramento, Uruguay, donde trabaja como traductor.

Pin It
Publicación virtual de

La Vaca Mariposa

¿Quiénes somos?

Haciendo Muu+

Contacto

Envíame un mail