Esa buena novela latinoamericana que es «Downton Abbey»

Monzantg

 

Inválidos que caminan, condenados que son liberados, rebeldes domesticados, handmaids que se enamoran del lord y él de ellas, pero igual no se puede. Lord cazafortunas que, serio, respetuoso y buena persona, termina enamorado de su esposa –la estadounidense nueva rica– y ella de él.

Downton Abbey es una larga sucesión de eventos sorpresa que, capítulo a capítulo, retardan el desenlace: el heredero salvífico muere antes de nacer y, patriarcado mediante, el primer heredero natural es mujer, lo que significa que, todavía en esa época, no podría heredar.

En el centro, el personaje femenino, ella, la dama, Lady Mary. Ni buena ni mala, sin pérdida del glamour se comporta según con quien esté. Con el empresario y magnate de los medios de comunicación es cruel, como él. Con el asalariado que, por sangre lejana y luego de muertos, aparecidos y sucesivas complicaciones familiares, personales –y de guión– hereda no solo una, sino dos veces, y luego de que él alcanza el premio, la promesa en la novela, el amor de la amada, Lady Mary, ella es más humana, amable, considerada e incluso inusualmente proactiva y emprendedora. Pero nada es para siempre: nace el hijo de ambos y, el mismo día, él muere. El drama y el conflicto tienen que seguir.

Con una producción impecable, de alto presupuesto, lo mejor del buen gusto y las actuaciones en su lugar, a Downton Abbey no es posible perdonarle cortes bruscos, escenas mal pegadas, brincos y olvidos importantes en la trama, como el heredero reaparecido que, sin explicación, no aparece más, o la amenaza incumplida del magnate desairado.

Creo que lo mejor de la serie es lo que ha alimentado buena parte de la mejor literatura y la peor telenovela: el diálogo y el conflicto entre miembros de clases diferentes, dos mundos que en Downton Abbey se distancian y comunican escaleras abajo.

Con Saramago se me hizo visible un recurso. El novelista crea un laboratorio social, un pequeño mundo en el que encierra seres humanos de temperamento diverso y carácter complejo: bomba social en la que todo puede ocurrir. Suerte para el guionista de Downton que, como G.R.R. Martin en Game of Thrones, escarba la peor literatura y la mejor telenovela para encontrar el argumento salvífico que hace continuar el show.

En la casa grande, escaleras arriba, el papá, la mamá y las tres hijas no son –excepto Lady Mary– particular ni innecesariamente crueles. La abuela Violeta es la mujer práctica, de comprensión y resguardo del orden social y político, y de cohesión familiar. Personaje secundario que dice las verdades gruesas, da por bien sentado lo que el guionista no se atreve a decir de otra manera, revela incomodidades y conjura, al fondo, enlaces y desenredos felices. Mujer fuerte a través de quien, tiempo atrás, todo ocurría y ahora, envejecida, ve cómo todo cambia y la hacen a un lado.

Dado que escaleras arribas no están los peores malos ni los blandos buenos, la trama se mueve abajo, al espacio cotidiano de los criados. Entre ellos están, desde la primera temporada, los personajes más complejos y los más chatos. La primera cámara es para un joven pobre que, por resentido, se hace malvado y, execrado por una conducta sexual todavía inaceptable en público a principio del siglo XX inglés, es vengativo, cruel y despreciable. Todo es parte del plan.

Junto a él, para que todo vaya a ras de género, su correlato femenino es igual de cruel. De manera que se alían hasta que chocan y rivalizan en pequeñas y cansonas conspiraciones cotidianas que, precisamente por eso, mueven parte importante de la trama.

También está el buen hombre de carácter fuerte, bondadoso y correcto. Ni ingenuo ni tonto y, menos aún, inocente. Noble al punto de morir antes que delatar, y cargar cruces ajenas antes que permitir un mal, recibe como premio el amor del alma más bella, dolida, llorosa y cansinamente novelera entre las criadas.

En la cocina hay personajes femeninos de primer nivel. Mrs. Patmore, rústica, cálida y cerrera, del talante de quien, sin filtro ni resguardo, dice lo que piensa, aunque siempre atenta de Daisy, a quien cuidaba; y Mrs. Hughes, el ama de llaves, segunda al mando después de Carson, más humana que él y con conciencia serena de su lugar en la cadena social de posesión y repartición del dinero. Se suman algunas jovencitas conflictuadas que rivalizan por dos hombres, criados como ellas, que se rechazan en un cruce de gustos y egos. Entre los criados, no falta ese personaje incómodo que a veces casi hace reír, casi siempre da pena y en ocasiones duele.

Historia de familias, la cámara se mueve del joven al viejo, del hijo al padre, del pobre al rico, del señor al criado, de la anciana a la anciana, del inglés al irlandés, del británico al estadounidense, del católico al luterano; del liberal, progresista y revolucionario al más rancio conservador del viejo orden inglés que acelera su desmoronamiento justo después de la primera guerra mundial, cuando Inglaterra comienza a dejar de ser el centro del mundo y Estados Unidos toma cada vez más el control del comercio internacional, y de la producción del discurso y el consumo cultural. Metáfora viva encarnada en la nueva rica e intrusa estadounidense –chata al nivel del melodrama– que roba el protagonismo a la rancia y tajante abuela Violeta.

Excepto Carson, el mayordomo quisquilloso y siempre fiel, entre los criados hay quienes aspiran salir del servicio doméstico, sobre todo los más jóvenes; otros lo logran casi sin esperarlo, porque poseían esa cultura que solo viene de los libros, mientras algunos mueren sin haberlo soñado. También hay quienes, con resentimiento, padecen injusticias repetidas y desarrollan la conciencia lúcida de la desigualdad.

Más apegado a la tradición que Carson, ni el más lord. Frente a sus ojos –y los de la abuela Violeta– Inglaterra y el mundo cambian mientras ellos no se inmutan. De todos los cambios entre 1912, cuando se hunde el Titanic, y 1925, cuando se pone fin a la serie, destaca lo materialmente visible, el consumo de tecnología: teléfono, automóvil, cine, radio, nevera, secador de pelo, batidora de huevos... Además de novedades y trastornos socioculturales como nuevos gustos musicales, matrimonios entre pobres y ricas, madres solteras, aborto, viudas que se encargan de las tareas del esposo ido y sirvientas que dejan de serlo para alcanzar fortuna.

En la resistencia al cambio sobresalen dos seres humanos tan aparentemente distintos como la señora Patmore, frente a la máquina de coser; y Carson, con el teléfono.

De guión truculento, los personajes se ausentan, regresan, mueren y reviven, se separan o van presos. Lo que necesite ese dios todopoderoso del cine, la televisión y el teatro que es el guionista, sumado a caprichos, desatinos y aciertos del director. Sobre todo al final de cada temporada, cuando hay que agravar conflictos, limpiar sangres o reintroducir abuelas. Mientras tanto, los niños –casi invisibles– no hacen ruido en Downton Abbey.

Si, como yo –y algún otro–, usted necesita leer novelas para ver con ojos de otros lo mejor y no tan bueno de lo humano; y ver esas telenovelas modernas que siempre han sido y siguen siendo series de Netflix, HBO o BBC TV; y además llora con dramas frescos e intensos, Downton Abbey es buena opción.

Con todos los finales felices, todo conflicto resuelto o apaciguado, no todos quedan tan satisfechos: «Si al menos pudiéramos elegir entre el futuro y el pasado», dice la abuela Violeta para cerrar la serie.

Con solo un cambio de formato, Downton Abbey llevó al cine la continuación y –quizá– el verdadero final de una de las últimas obras de arte de la televisión. Había pocas personas en la sala. Tan poco, que me sentí formando parte de un culto de esnobistas desentendidos del resto de la realidad. Hubo personas que comentaban, emocionadas; alguna señora, cerca, suspiró la despedida de la abuela Violeta. Como con Marvel y DC, aplaudí escenas y, creo, sospecho, sentí, el público esperó dos o tres segundos que alguien empezara a aplaudir el éxito de Carson y la familia Crawley frente a los intrusos sirvientes de la Casa Real. Esta vez no fui yo.

 

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La Vaca Mariposa

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