Cine

El Macbeth de Kurosawa

Adriana Morán Sarmiento

Si William Shakespeare es el dramaturgo con más obras llevadas a la gran pantalla, Akira Kurosawa es el director más shakesperiano de la historia del cine. Una combinación perfecta sirvió para llevar las traiciones de la corona inglesa a una batalla entre samuráis desarrollada en el Japón feudal: Trono de Sangre (Kumonosu-jô, 1957) dirigida por Kurosawa y basada en el Macbeth que Shakespeare escribiera en 1606.

En Trono de Sangre, Kurosawa le da vida a Macbeth a través de Washizu, interpretado por Toshiro Mifune, uno de los actores más fieles al director japonés. Juntos hicieron 15 películas de las 47 que dirigió el maestro. Washizu es un hombre atormentado por fantasmas, que no había pensado en llegar al poder, de no ser por la insistencia de su mujer, Asaji. Esta ambición insaciable del guerrero digno y orgulloso lo lleva hasta la locura. La historia, llevada miles de veces al teatro y unas cuantas al cine, es una de las más conocidas del escritor inglés.

Kurosawa pone en pantalla el declive psicológico de Washizu y su mujer por medio de contrastes en blanco y negro que van desnudando a todos los personajes. “¿Acaso existe algún samurái que no querría convertirse en el señor de un castillo?” pregunta Washizu a su mejor amigo Miki como una sentencia de lo que está por venir: una lucha desleal que llevará a muchos a la desgracia.

Como espectadores, Kurosawa se encarga de “meternos” y “sacarnos” de las escenas a su antojo. Por momentos estamos fuera de escena, más bien escondidos, como cuando los guerreros están perdidos en el Bosque de las Telarañas, y los seguimos entre los matorrales hasta un lugar de donde no podemos movernos, pero al que ellos regresan. Otros momentos estamos dentro de la habitación de Asaji y sentimos también el temor a la muerte. El director japonés sabe cómo manejar las tormentas, las sombras, el día y la noche, para introducirnos en el mundo desgraciado y traidor del Castillo de Washizu. Fielmente a Shakespeare, Kurosawa mantiene los conceptos de pesadilla, noche y espanto. Ya lo hemos visto en otras de sus películas.

En Sueños (1990), por ejemplo, maneja con sobriedad el concepto del espanto. Es en el episodio “El Túnel” donde un comando de soldados muertos sigue al hombre que los llevó a la muerte, asemejándose a la idea de pesadilla, mejor lograda que en el episodio de “El demonio lastimero”. Igualmente, en Rashomon (1950), un drama sobre la mentira, un “muerto” que habla desde el más allá, es uno de los interrogados para descubrir el misterio que envuelve un asesinato. Aquí, todos mienten, incluso la víctima. Rashomon no es más que una mentira disfrazada de egoísmo y traición. En medio de una lluvia torrencial y las ruinas de la puerta de Rashomon, la frase de un monje derrotado es la sentencia de ese concepto de pesadilla de Kurosawa: “después de lo que he visto, no creo que pueda confiar en nadie nunca más.”

En el caso de Trono de sangre, Kurosawa cambia a las tres brujas que predicen el futuro a Macbeth, por un espanto que hila en una choza, donde se mezclan una serie de símbolos de la vida y la muerte. El juego de luces es crucial para enfatizar la presencia de lo sobrenatural y el miedo. La narración nos atrapa con un metalenguaje que encierra la idea de la desgracia que se aproxima. Juega con los tiempos y pasamos de un momento a otro de manera muy voraz. Asimismo, la neblina es fundamental para marcar tiempos y espacios. El lenguaje cinematográfico cuida cada detalle para conseguir en el espectador las mismas sensaciones que experimenta al leer la obra.

Trono de sangre es una de las representaciones cinematográficas mejor logradas de la obra de Shakespeare, incluso la puesta anterior de la novela dirigida por Orson Wells en 1948, fue muy criticada por Kurosawa, por lo que adaptó una propuesta novedosa, a lo samurái. En la novela, Macbeth será invencible hasta que venga contra él “la selva de Briman”. Morirá a manos de un hombre “no nacido de mujer”. En la versión de Kurosawa, Washizu morirá “cuando el bosque camine”. Una metáfora difícil de olvidar.

***

 

Adriana Morán Sarmiento. (Maracaibo, 1974) Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014). Dirige La Vaca Mariposa Libros y Revista Muu+.

 

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