La habitación alemana. Capítulo I

Carla Maliandi

Alguna vez aprendí el nombre de todas las constelaciones. Me las enseñó mi padre advirtiéndome que este cielo alemán le resultaba totalmente ajeno. Yo tenía una obsesión con el cielo, las estrellas y los aviones. Sabía que un avión nos había traído a Heidelberg y que un avión nos llevaría de vuelta adonde pertenecíamos. Para mí los aviones tenían cara y personalidad. Y rogaba que el que nos llevara de vuelta a Buenos Aires no fuera uno de esos que podían caerse en el medio del océano matándonos a todos. La noche anterior al viaje, al gran viaje de vuelta a la Argentina, nuestra casa de la Keplerstrasse se llenó de filósofos. Cenamos en el jardín porque fue una noche inusualmente despejada y cálida. Entre los filósofos había algunos latinoamericanos, un chileno que tocaba la guitarra, un mexicano serio de previsibles bigotes, y Mario, un joven estudiante argentino que paraba en nuestra casa. Los latinoamericanos se esforzaban en hablar alemán y los alemanes respondían amablemente en español. Mi padre discutía a los gritos con un filósofo de Frankfurt muy alto y totalmente pelado. En algún momento notaron que yo los miraba asustada y me aclararon que no peleaban, que estaban discutiendo acerca de Nicolai Hartmann. Un poco más grande intenté leer a Hartmann para entender qué cosa los podía llevar a discutir con semejante apasionamiento, pero no encontré nada.

Ahora debería dormir pero no puedo, todavía tengo encima los nervios del viaje. Veo por la ventana de mi nueva habitación un pedazo del cielo de Heidelberg. Aquella noche miré este mismo cielo un rato largo tratando de aprendérmelo, como si me despidiera de algo que debía retener en la memoria. Recuerdo que el filósofo chileno que tocaba la guitarra comenzó a cantar con voz desgarrada Gracias a la vida de Violeta Parra; y que alrededor de él un grupo de alemanes entusiasmados, solidarios y ebrios, coreaban la letra con una entonación ridícula.

¿Cuántas noches del último mes pasé sin dormir de corrido? Ayer en Buenos Aires tenía miedo de no oír el taxi y me despertaba a cada rato. Cuando llegué a Ezeiza tuve que tomarme un café bien cargado para terminar de despertarme y enfrentar los pequeños trámites de aeropuerto. En el avión volví a sentir ese vértigo del vuelo, pero no era un temor a la caída sino el miedo de llegar a destino sana y salva, y no saber qué hacer ni para qué. Terminar la vida en ese avión hubiese sido menos problemático que llegar a Alemania así, sin haber avisado a nadie en Buenos Aires. Morir en el vuelo tal vez hubiera sido menos aterrador que llegar traída por un impulso, sin dinero suficiente, en un intento desesperado por encontrar tranquilidad. Y una felicidad pasada, perdida y enterrada para siempre con la muerte de mi padre. Las cosas no se hacen así, pero así lo hice y acá estoy. Mañana buscaré un teléfono para llamar a Buenos Aires, y explicaré todo como pueda.

Creo que en este lugar, en esta cama, voy a poder dormir bien. La habitación es más linda de lo que vi en internet, y lo que me mostró recién la administradora: el comedor, la cocina y toda la parte de abajo de la residencia, también me gustó. Seguramente sea un buen lugar para los estudiantes. Pero yo no voy a estudiar nada. Yo voy a tratar de dormir, voy a tratar de ponerme bien, y voy a buscar en la Markplatz un banco donde pueda sentarme a pensar tranquila y a comer bretzel.


CARLA MALIANDI. Hija de padres argentinos, nació en Venezuela en el año 1976, durante la última dictadura militar argentina. Es dramaturga, guionista, directora de teatro y docente. Estrenó en Buenos Aires cinco obras teatrales de su autoría. Conforma el colectivo autoral Rioplatensas y co-dirige la publicación y el programa televisivo que lleva el mismo nombre. Junto a este grupo también es autora de la intervención literaria El Gliptodonte. Realizó su formación de grado y posgrado en la UNA (Universidad Nacional de las Artes) y actualmente cursa el Doctorado en Filosofía en la UNLa (Universidad Nacional de Lanús).
La habitación alemana es su primera novela.


Foto: Página 12

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