El libro es nuestra más íngrima dosis de felicidad

Entrevista a Antonio López Ortega, por Adriana Morán Sarmiento

En momentos críticos, la cultura –le creatividad- sale a flote. Esta es una afirmación que se ha repetido por años y cientos de ejemplos en todo el mundo lo comprueban. Es así como Venezuela, país de actual crisis económica y política, apuesta por un nuevo encuentro literario: La Feria Internacional del Libro del Caribe (Filcar) 2015, que se realizará en la isla de Margarita del 27 de febrero al 4 de marzo.

Antonio López Ortega es uno de sus organizadores. A propósito de la iniciativa literaria, publicamos esta entrevista realizada para la revista Lunes, en la que el escritor reflexiona sobre la literatura y la producción editorial del país caribeño. Con miras a un futuro promisorio, define, según su criterio y experiencia, las iniciativas necesarias para fortalecer una mejor política cultural.

De padre caraqueño y madre canaria, vivió su infancia entre los campos petroleros de Maracaibo y la ciudad holandesa de La Haya. Cursó Estudios Hispánicos en París, se destacó como gerente de la Fundación Bigott, cuyo objetivo es rescatar valores de la cultura popular, ha publicado varios libros de narrativa y ensayo y colabora con medios dentro y fuera del país. Actualmente, dirige una nueva editorial, Artesano, que se suma a la movida emergente de la literatura nacional. A la pregunta ¿Qué es el libro en Venezuela?, Antonio López Ortega contesta:
-Es una herramienta de cambio. Es una tabla de salvación. Es una palanca para mitigar el odio. Es una barcaza para derivar por los mares. Es un ladrillo para construir futuros. Es nuestra más íngrima dosis de felicidad.

-Tu ejercicio literario nace con la narrativa breve. ¿En qué género se enmarca tu obra en la actualidad?
-Mis primeros cinco libros, escritos entre 1978 y 1996, fueron de narrativa breve, aunque allí se colaron títulos como Cartas de relación y Calendario, que estuvieron más cerca de la escritura epistolar y del diario, sin apartarse de los formatos breves. En 2001 publiqué una novela llamada Ajena, y en 2006 y 2008 dos colecciones de relatos largos: Fractura e Indio desnudo. Creo que estos últimos libros señalan una tendencia que se mantiene: la novela y el cuento, géneros en los que me mantengo muy activo. También trabajo el ensayo, con dos libros publicados hasta ahora: El camino de la alteridad y Discurso del subsuelo.

-¿Cuáles autores han marcado tu literatura?
-Es una pregunta compleja, que vale la pena contestar por etapas. Entre 1972 y 1975, leí mucho cuento latinoamericano; también clásicos del budismo zen y pensadores del movimiento contracultural norteamericano. En 1975 y 1979 leí mucho surrealismo y, en general, poesía francesa; también a Borges, Cortázar, Sábato, Arreola, Quiroga. Entre 1979 y 1985, residí en Francia, y curiosamente allí leí a los clásicos españoles: Calderón, Lope, Quevedo, Góngora, Tirso, Garcilaso, Mateo Alemán; también a los autores del noveau roman y poesía francesa contemporánea; también a Eliot, Pound, Joyce y Beckett; también a autores venezolanos como Picón Salas, Garmendia, Sucre, Sánchez Peláez, Montejo, Oliveros; también a Pessoa y su Libro del desasosiego, que para mí fue como un alumbramiento. Llego a Venezuela en 1985 y comienzo a leer a mis contemporáneos; también literatura anglosajona, alemana, italiana, brasileña, griega. Los años recientes son menos ordenados y leo todo lo que me interesa: estamos en un mundo mucho más integrado y no hay autor que pueda escondérsete.

-Como antólogo, ¿cómo percibes el desarrollo de la literatura venezolana, especialmente la de los jóvenes?
-Pese a todo, creo que puede hablarse de un buen momento. Quiero decir, la gente escribe, publica, organiza eventos. Este movimiento tiene aún más mérito cuando se sabe que las plataformas públicas son nulas. Al lado de la creación, sin embargo, hay carencias: no tenemos revistas; no contamos con recensiones críticas. La crítica académica hace un esfuerzo loable, cuando pensamos en el hostigamiento que han sufrido las universidades. El perfil del joven escritor luce un poco más profesional, porque ya no cuenta con dádivas; depende enteramente de sí mismo. La escasez de medios siempre curte el espíritu; lo vuelve más indoblegable.

-¿Qué está pasando actualmente en la literatura venezolana?
-Están pasando muchas cosas en simultáneo. Por un lado, la generación nacida en los años ’30 (Garmendia, González León, Montejo) se está yendo para dar paso a la generación de los ’40 y ‘50, que deben asumir el relevo. Por otro lado, el cambio de siglo obliga a balances y reinterpretaciones. Adicionalmente, las políticas públicas se han vuelto sectarias: ningún autor con pensamiento crítico puede contar con ayuda del Estado. Se lee más, por ejemplo, pero las librerías desaparecen; las publicaciones electrónicas florecen; se forman clubes de lectura; se hacen intercambios de libros. Hay un síntoma de salud, porque la creación está en alza, pero los cimientos son frágiles. Todo depende hoy en día de la fuerza creadora que pueda tener la sociedad venezolana, o al menos una parte de ella. Si se mantiene, todo lo demás vendrá como agregado.

-Dicen que en épocas de crisis aflora la creatividad. ¿Aplica esta creencia a la literatura en el país?
-La tragedia, el dolor, las crisis, según López Pedraza, hacen madurar la psique colectiva. Pareciera que ya no vemos la realidad desde una perspectiva horizontal, sino más bien vertical. Para entender la encrucijada o el bochorno que vivimos es sano escarbar en nosotros mismos y descubrir en qué hemos contribuido, porque todos tenemos nuestra cuota. Este período de pena y dolor, y también de engaño y amoralidad, lo sabremos ver en un futuro como el quiebre necesario para pasar a otra etapa distinta: uno que nos lleve a la modernidad política, social y económica. Este experimento que han dado por llamar “la patria nueva”, tiene todos los vicios del siglo XIX (militarismo, caudillismo) y del siglo XX (rentismo, presidencialismo) y ninguna de sus virtudes.

-Se habla del “divorcio” entre el escritor y la cadena de producción editorial. ¿Cuál es tu opinión?
-En la tradición venezolana, ese “divorcio” no ha existido. Lo digo porque el escritor ha sido muchas veces el corrector, el editor, el promotor y hasta el vendedor de sus libros. Digamos que la profesionalización de la cadena editorial es, entre nosotros, una especie de reciente data.

-Se sabe que, en la actualidad, Venezuela está polarizada social, política y culturalmente ¿Quiénes son realmente los excluidos?
-Los excluidos son, claramente, aquéllos que no están en posiciones de poder ni tampoco reciben dádivas del poder. Esa diferencia es ostentosa hoy en día. Venezuela atiende sus compromisos culturales internacionales con unos ocho nombres que no han cambiado en catorce años. Nepotismo del más puro, aunque cada vez menos ilustrado.

-Como gerente cultural, ¿qué iniciativas faltan para consolidar una política cultural en el país?
-En este momento, por ejemplo, se discute un proyecto de Ley de Cultura que es un verdadero esperpento. Por respeto a lo que se entiende como políticas culturales públicas, ese proyecto no debería aprobarse, porque sería como una condena. Son tantas las iniciativas que faltan, que hasta enumerarlas cuesta. En estos días, a petición de un grupo de estudio, hice un esfuerzo por lograr una síntesis. Me quedaron ocho conceptos que llamé desafíos: 1) Legislación; 2) Estrategias y políticas públicas; 3) Interinstitucionalidad; 4) Industrias Culturales; 5) Mecenazgo; 6) Patrimonios culturales; 7) Educación y Cultura; 8) Sistemas de Creación.



-En resumen ¿qué es lo más discutible de ese proyecto de ley?
-La visión es muy estatista. Después no se hace legislación comparada con todos los proyectos de ley que se han aprobado en estos últimos años, al menos en América Latina. No se menciona el concepto industrias culturales, tampoco mecenazgo, tampoco sociedades creadoras. Una política cultural debe sobre todo promover y asegurar los espacios de la Creación, pero ésta le da una preeminencia al Estado como gran agente rector. La Cultura es asunto de las sociedades y no de “órganos rectores”.

-En una entrevista dijiste que “nosotros –los venezolanos– no hemos sido los mejores promotores de nuestra literatura”. ¿Cómo aprender? ¿Cómo cambiar?
-Lo que quise decir es que la promoción de nuestra literatura se debe a nuestros escritores y no a ningún aparato público, que sólo está interesado en exportar modelos políticos. Cadenas y Montejo, por ejemplo, son autores leídos y valorados en España, pero esto se debe a la pura recepción de sus obras. El país de hoy no exporta ni promueve valores literarios; eso es tarea exclusiva de la trayectoria que siguen las obras y del empuje de los propios autores.

-¿Es parte de tu necesidad de “recuperar los signos invisibles de la cultura” el haber asumido la dirección de una nueva editorial?
-La verdad es que el oficio editorial viene a la par de mi oficio como escritor. Cuando me recuerdo en mi primera actividad literaria, lo hago editando una revista llamada La Gaveta Ilustrada. Y así ha sido en todas las etapas: siempre con un manuscrito por editar. Ha habido etapas más felices, como en la época de Fundación Bigott, cuando los medios no escaseaban, y ha habido etapas menos felices, como la actual, cuando los apoyos brillan por su ausencia. La invención de Artesano Editores es una respuesta a los huecos que han dejado en el mercado venezolano los sellos internacionales, que se han ido en estampida por el régimen cambiario. Pero la gente en el país sigue leyendo, y esas necesidades hay que traducirlas en ofertas editoriales.

-En lo profesional y en lo personal estás relacionado con las diversas áreas del arte y la cultura ¿qué área se mantiene mejor?
-La música, sin duda. En parte porque el Sistema de Orquestas es un acorazado que se mantiene creciendo como semillero y distribuidor de talentos. Y también en parte porque nuestra música tradicional ya era elaborada y compleja antes de fundirse con los géneros contemporáneos. La música es nuestra única carta de presentación a nivel internacional. Y lo que estamos viviendo con fenómenos como la Movida Acústica Urbana apenas comienza.

-¿Venezuela es un país lector?… ¿musical?
-Antes que todo, o que nada, musical, muy musical. Podemos hablar bien de arte malo o alabar con aplausos poemas cursis. Pero aquí sabemos cuando un cuatro está desafinado en los primeros cinco segundos. Ese oído musical es herencia de generaciones: la escucha fina y atenta corre en el torrente de nuestra sangre.

Fotos: Diario El Nacional

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