“Cuando el poema sale es como un rayo”

Entrevista a Aixa Rava por Lucía Vargas

Aixa Rava es correctora científico-literaria, profesora en Letras y escritora. Oriunda del sur de Argentina, llegó a Buenos Aires hace apenas dos años. Recientemente, sacó a la luz su primer poemario: Barda, a través del sello editorial Buenos Aires Poetry. Libro que, supe después, fue el resultado de mucho andar y sentir.
Llegué a la casa de Aixa después de caminar un par de cuadras por un barrio con calles llenas de árboles y adoquines. Subimos por escalera, pocos vecinos en el edificio. Al abrir la puerta, el olor a pan casero me llegó como un abrazo de bienvenida. El mate, los dulces caseros, esos panes con semillas y harina integral, los libros en las bibliotecas, los cuadros y la luz en los rincones: todo me hizo sentir como en casa.
En esta entrevista sobre ella y su primer libro, conversamos sobre sus primeras lecturas, los poemas y la vida.

- ¿Recordás cuándo comenzaste a escribir? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas, esas que te incentivaron a dar el puntapié inicial?
- Empecé escribir desde muy chica, al igual que a dibujar, de hecho eran las dos cosas que más hacía: dibujar y escribir. Mis viejos nos leían cuentos infantiles, los clásicos de los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, de unos libros grandes con fotografías de marionetas. Eran geniales, en la tapa tenían un holograma y venían cuatro libros en una caja para poner en la biblioteca. Pero creo que lo que más me influenció fueron los libros de poesía. Cuando nací, un familiar o amigo de la familia me regaló tres libritos con tapa dura y unos hermosos dibujos de duendes y flores, eran canciones de cuna, romances y poemas españoles, una belleza. Los leí tantas veces que me los aprendí de memoria y mientras dibujaba o jugaba, los recitaba.
Escribí mucho durante mi infancia y adolescencia, cosas que hoy no tienen ningún valor literario y otras que ni siquiera existen, porque tiraba gran parte de lo que escribía. A los 8 años me adueñé de una libreta de Alf con hojas cuadriculadas y la llené de poemas. Me pasaba horas en la biblioteca de la escuela, hablaba más con Betty, la bibliotecaria, que con mis compañeros de curso. Sacaba libros todos los días y leía de todo, desde Elsa Bornemann a Poe, de Stephen King a Dickens.

[Cuando Aixa habla de su infancia y adolescencia, enseguida piensa en su abuela materna, que era docente y le alcanzó la mayoría de los libros que leyó durante esos años. Recuerda también que en 6º grado publicaron en el diario del colegio un poema que le había escrito a su mamá y que a los 14 años recibió una mención por un cuento en un concurso provincial.]

- Y ya cuando decidiste ser escritora… ¿Cómo construiste tu primer libro?
- Me alejé de la escritura durante la universidad, ya no pensaba en ser escritora como cuando era chica. Me costó volver a escribir, me ponía muchas trabas, me comparaba y me evadía. Sentía que nada de lo que escribiera iba a ser lo suficientemente bueno como para conformarme, y mucho menos para mostrarlo. Tengo cantidad de cuentos irresueltos de esos años, y muchos poemas inútiles. Aunque suene un poco neurótico, creo que una de las últimas terapias que hice fue la que me ayudó a escribir nuevamente y a compartir los textos en un blog. Comencé a releer poemas viejos y a corregir, y empezaron a surgir montones de experiencias y recuerdos que era necesario transmutar en verso.
Barda tiene mucho de esos recuerdos, de sentimientos enquistados en esos recuerdos, de movimientos y cambios (físicos y psíquicos). Como libro, comenzó a tomar forma el verano pasado, en el que me aboqué a la tarea de seleccionar los poemas, de ordenarlos y corregirlos.

-¿Cómo fue la experiencia de taller con Cecilia Perna?
-A Cecilia la había conocido en una entrevista que le hice para Revista Kundra. Me fascinaba como escribía (me fascina), y luego de la entrevista le dije que quería hacer un taller con ella, que si abría alguno, me tuviera en cuenta. En febrero de ese año me avisó que empezaba un taller y aún no puedo creer todo lo que aprendí en estos meses. A los encuentros grupales se sumaron largas horas de lectura en voz alta, mates mediante. El trabajo que hicimos fue hermoso, muy cuidado, muy atento, arduo. Ella tiene una sensibilidad muy particular y me enseñó a poner el ojo en cosas que nunca habría notado sola. No puedo estar más agradecida, sin sus sugerencias y su guía y, por supuesto, sin los acertados aportes de Juan Arabia, editor de Buenos Aires Poetry, no habría podido publicar un libro como el que finalmente publiqué.

[Aixa me nombra libros de Cecilia, después hablamos de su poema “Cunita”. Las dos coincidimos en su intensidad. “Cecilia es intensa”, dice Aixa, y se acuerda de la primera vez que hablaron, “de cuatro de la tarde a ocho de la noche” dice; se ríe y sigue contando “después de ese día, de que me hablara de todo lo que pensaba sobre la poesía, supe que quería hacer taller con ella”.]


-Sobre el proceso de construcción de tus poemas, ¿qué pensás que te ayudó a generar una impronta propia, tu estilo particular?
-Escribo como me sale y luego corrijo o mejoro, o no. Creo que hay algo del ritmo, de la cadencia y la métrica de un poema que ya tengo incorporado, y que seguramente viene de tanta poesía española o clásica que leí, me resulta sencillo o natural volcar eso al papel. Hubo un tiempo en que notaba cierta inclinación borgeana en mis poemas, que hoy ya no veo, y en otros momentos hice algunos experimentos vanguardistas, juegos a los que ya no dedico tiempo. Antes me desesperaba cuando un poema no salía o cuando pasaba meses sin escribir. Ahora me lo tomo más relajada, no me exijo porque ese tipo de exigencia me anula; dejo que el poema llegue cuando tiene que llegar y mientras tanto escribo versos o ideas sueltas, que a veces retomo y a veces dejo pasar. Cuando el poema sale es como un rayo, que puede durar segundos o todo el día, porque puedo estar haciendo cualquier otra cosa y al mismo tiempo rumiando unas palabras.
Cuando trabajé los poemas de Barda con Cecilia, noté, como dije antes, muchos vicios que en mi lectura solitaria habían pasado desapercibidos, como el uso frecuente de paralelismos, diminutivos, ciertos giros explicativos, etc. Creo que el aprendizaje es constante y que esa voz propia que uno construye, se renueva y cambia a lo largo del tiempo porque, por un lado, uno siempre está leyendo o escuchando a otros, de los cuales aprende, rescata cosas o descarta y, por otro lado, porque no se está buscando siempre lo mismo.

[“Lo que más me atrae de la poesía es la forma” dice, y enseguida que nos metemos en la pregunta siguiente comenzamos a hablar de todo lo que tiene que ver con esa pasión de identificarse con el libro, con el autor, con la propia lectura: “es como querer meterte adentro del poema” y pensar “yo quiero estar toda la vida leyendo un libro”.]

- Como un ejercicio de conocimiento y de reflexión respecto de la propia literatura. ¿Cuáles cinco libros elegirías de tu biblioteca y por qué?
-Cuando leo o escucho este tipo de preguntas, me resulta imposible no sentir que me están tendiendo una especie de trampa, porque no hay nada más difícil e incómodo para un apasionado que pedirle que haga una selección o recorte de lo que lo apasiona. Trataré de mantenerme dentro del límite.
El primer libro que elegiría es aquel que me compré con mi propio dinero en una de las ferias del libro de Neuquén. Tenía 12 años y estaba fascinada con todo aquello que guardara algún misterio. Agnes Cecilia de María Gripe (colección Gran Angular) fue uno de los primeros libros que me hizo sentir ese deseo desenfrenado de leer. Me atrapó desde la primera línea: “Ocurría únicamente cuando Nora estaba sola en casa…”, y no pude soltarlo hasta el final. No quería comer, ni salir, nada, sólo quería leer. Pensé que no sólo quería sentir eso siempre, con todos los libros, sino que quería provocar eso también en otros lectores, con mi escritura.
El segundo libro imprescindible para mí fue La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Lo leí muchas veces en distintos momentos de mi vida y siempre me produce el mismo placer y la misma desesperación, porque resurgen todas esas preguntas que, al menos los que maquinamos mucho, nos hacemos constantemente. Los monólogos de Segismundo, esa cadencia de los versos, ese aire barroco, esos claroscuros y esa rima… Hoy casi todos los poetas desdeñan la rima, pero es tan hermosa en esta obra (y en tantas otras): “Ojos hidrópicos creo / que mis ojos deben ser, / pues cuando es muerte el beber / beben más, y de esta suerte, / viendo que el ver me da muerte /estoy muriendo por ver”.
El tercer libro es Peter Pan, de James Barrie. Por Peter me tiré a los cinco años de un árbol de lenga, pensé una idea feliz y les jodí el domingo a todos. Tuvimos que salir corriendo del bosque para una guardia y me ligué como dos meses de yeso porque me había quebrado el brazo izquierdo. Era una kamikaze, si no estaba leyendo, me estaba trepando a los árboles o a los techos, nunca me quedaba quieta, salvo cuando leía.
El cuarto libro, El fantasma de Canterville y otros cuentos, de Oscar Wilde. Sencillamente maravilloso, y eso que lo leí traducido la primera vez. Wilde es el amor eterno, siempre se vuelve a él y entonces ese amor se renueva.
El quinto libro, Alicia en el país de las maravillas, de Carroll. Lo tengo repetido como seis veces: en inglés, en castellano, edición abridged y unabridged, ilustrado, con notas, etc. Hay que leer cosas nuevas, pero qué placer volver a leer estos textos una y otra vez, ¿no?
Tengo dos bonus tracks: Tolkien y Shakespeare. Pero no vamos a entrar en detalles porque esta respuesta resultaría interminable.

-¿Crees que Aixa escritora existiría si su pasado, sus elecciones, los lugares en los que vivió hubiesen sido diferentes? ¿Crees que estabas destinada a escribir?
-La verdad es que estoy peleada con toda esa concepción del destino, de que las cosas pasan porque tienen que pasar, porque hay un plan superior del que no tenemos idea y del que nos damos cuenta por ciertas señales. Ya no trato de interpretar por qué pasa tal o cual cosa, te terminás volviendo loco. Siempre quise ser escritora, pero no sé si hubiese escrito Barda si mi vida hubiese sido distinta, quizá habría escrito otro libro. Lo que sí sé es que, en algún momento, mi afición por la literatura y la escritura iba a resultarme ineludible.

***

Tierra del Fuego


La luz rodea el verano en el recuerdo,

aquí la sombra deambula con los niños;

entre turberas y fiordos, los glaciares

hacen que el hielo se vuelva un enemigo.



En esta isla, la sangre se congela,

la piel se raja, la voz se hace chillido;

y hasta las bestias, las plantas, los caminos

creen que la nieve es ajena al paraíso.



Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo

de tambos, de granjas ni de silos;

y si hay un sol, un día, una tarde,

se esconde junto al hierro sin aviso.



Jugar es cosa de adentro, no de plaza,

y a nadie se le antoja el infinito,

que está en el mar, en el nombre, en la bahía,

en todo el viento, y también, en todo el frío.



En un domingo de bosque y costa espesa,

la libertad una rama de lenga

quiebra

con la ilusión de salir y no encontrarse

con el blanco, el gris y la tristeza.



La isla para el niño es una cárcel

con gaviotas, nutrias y orcas muertas,

un exilio, un castigo, una venganza,

que en el sur de estos pies dejó su huella.


Poema incluido en Barda (Editorial Buenosaires Poetry, 2014)
Disponible en La Vaca Mariposa Libros



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