Marguerite Duras: la locura también es la muerte

Adriana Morán Sarmiento

Buenos Aires

“Como escritora, desde hace mucho estoy muerta. Muerta por juicio”. 


Con esta afirmación, Jacqueline Goldberg comienza el libro Una sal donde estoy de pie. Se trata de la construcción de la mujer decidida que anticipa su muerte en secreto. “Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad –dijo María Zambrano-, un efectivo aislamiento que le hace tener sed”. Como la muerte de la mosca en la cocina de Marguerite Duras.

No puedo pensar en la muerte de una mosca, pero debe ser igual a esas noches en las que uno se siente solo de verdad. Uno se desprende, vuela por la habitación, se vuelve a parar en el mismo pensamiento una y otra vez y nuevamente intenta volar. Al final ese vacío termina asfixiando, y no queda otra que rendirse. En algunos momentos, es mejor caer. Si alguien estuviera observando cómo me desvanezco y termino por cerrar mis alas, me sentiría invadida totalmente. Como si alguien mirara por una ventana, o por un hoyo en la pared. Peor, como si alguien me mirara desde arriba como Duras observaba a la mosca, con toda la ventaja que implica mirar desde arriba. “Mi presencia hacía más atroz esa muerte”. Insiste en comparar ese letargo con la vida.

Cuando Marguerite Duras narra en nueve páginas de Escribir la muerte de una mosca en la pared de su casa, no queda más que pensar en la soledad. No queda más que reírse de ese estado devastador que hace que una persona se siente a contemplar cómo muere una mosca grande, negra y azul. “En esa clase de derrape (…) en el que corremos el riesgo de incurrir”, se justifica.

Quizás, nadie en su sano juicio se deleite viendo morir una mosca, o escribir luego sobre ello, peor aún, tomar ese pasaje de un libro y con ello querer enfatizar la relación entre la escritura, la muerte y la soledad. “Esa muerte de la mosca, se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca”.

Para Marguerite Duras fue importante: “La precisión de la hora de la muerte remite a la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con la fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, la de la sociedad universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria al elefante. Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos”. Quizás estaba loca, quizás. Pero la locura es necesaria para enfrentar los fantasmas. La muerte y la soledad son dos fantasmas. La locura es entonces la vía de escape. La locura fingida, la momentánea, la de una noche, la de un instante viendo una mosca morir.

Una frase de Frida Kahlo dice: “yo quisiera poder hacer lo que me da la gana detrás de la cortina de la locura”. Se refiere al acto de crear, de lo que se puede fraguar en ese estado en el que se permite jugar con todos los sentidos, en el que nadie se atreve a entrar. Duras dijo que la soledad siempre está acompañada por la locura. “Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente”.


Para finalizar esta insistencia –impertinencia, quizás- me remito a la carta que escribe el personaje de Virginia Woolf en The Hours cuando antes de morir, en usa escena delicada en la que se sumerge al río y se deja llevar por la corriente, declara por última vez su locura a su marido: “Querido: tengo la certeza de que estoy enloqueciendo nuevamente. Creo que no podría pasar por otro momento tan terrible y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces. No puedo concentrarme. Entonces hago lo que parece ser mejor”.

Los fantasmas no la dejan vivir tranquila, así que agradece el amor que ya no puede corresponder: “Me has dado la mayor alegría posible. Has sido en todo sentido, todo lo que uno puede ser (…) Lo que quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti. Has sido muy paciente conmigo e irremediablemente bueno. Todo se ha ido de mí. Excepto la certeza de tu bondad” (…)

“La locura también es la muerte”, dijo Duras.

Marguerite Duras. 1914-2014
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